Dicen que Chesterton dijo que el peor momento del ateo es aquel en que se siente agradecido y no sabe a quien dar gracias.
Yo soy ateo. Y soy un hombre agradecido.
A pesar de mis errores, mis fallas y fallos, mis debilidades, mis dudas y mis cegueras temporales, estoy profundamente agradecido a esta vida que en algún momento me pareció una carga insoportable. A pesar de mí mismo y de las maldades de este mundo, he sido bendecido largamente. He tenido la enorme fortuna de que mi camino se entrelazara con los caminos tanto de gente perversa (de la cual aún hoy sigo aprendiendo), como con los de un puñado de gente maravillosa (de la cual aprendo cada día más y mejor aún).
Pero yo sí sé a quién dar gracias por esta felicidad:
A mis amigos (esos pocos, buenos) por quererme y aceptarme tal cual soy (tarea no tan sencilla a veces).
A mis enemigos, por tomarse la molestia de perder tiempo y energía de su vida en querer dañarme. (A ellos les digo: me han ganado muchas batallas, Pirro estaría orgulloso de ustedes; pero la victoria siempre fue mía. Ya lo ven, acá sigo.)
A mis "ángeles amantes", que son mi esperanza en la humanidad, mi energía vital, mi escudo y mi lanza; guardianes de mi cordura y custodios de mi locura; mi sueño y mi desvelo, y de quienes (y con quienes) aprendo a ser un poco más yo cada día: más padre, más hijo, más compañero, más hombre. A veces lentamente, y a veces a los saltos; pero siempre aprendiendo. A esos que son la sal, la pimienta y el azúcar de mi vida.
Y, sobre todo, estoy agradecido a mí mismo, por no haberme rendido. Por no haber dejado de creer que la felicidad es un derecho, no un regalo que depende de la generosidad de los otros.
Veremos como sigue esta historia.
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