domingo, 21 de junio de 2015

Mi viejo.

Todavía me acuerdo la primera vez que lo llamé "viejo". Yo tenía 16 años. Él, 43. La misma edad que yo tengo ahora.
     Se me escapó, en realidad. Sin querer, le dije: "¿Cómo hago ésto, viejo?". Y al mismo instante de haberlo dicho me encogí imperceptiblemente, esperando algún reproche por semejante atrevimiento.
    Viejo.
    Y es que para mí - no sé si para todos es igual - mi papá siempre fue viejo. Recién cuando los años empezaron a pesar en mi mochila, y al revisar algunas fotos nostálgicas, me di cuenta que mi viejo había sido joven alguna vez. Que, de hecho, había sido joven la mayor parte de mi vida. Y yo no me había dado cuenta. Había pasado del "papito Jaime" de mi tierna infancia, al "viejo" de mi vida adulta de una manera tan natural que hoy me sigue sorprendiendo.
     Escribir sobre mi papá es para mí escribir sobre el sacrificio. Es escribir sobre el amor callado pero omnipresente. Es escribir sobre la lealtad, la honradez, la solidaridad, la inteligencia y la habilidad de un hombre hecho a sí mismo. Pero por sobre todas las cosas, es escribir sobre el estoicismo. Es escribir sobre el sufrir en silencio, sobre el sacrificio diario y silencioso de tener que lidiar con una realidad dura y despótica. Sobre vaya a saber uno cuántas noches de insomnio, con su cabeza eternamente a mil, tratando de encontrar una paz y una armonía que eran su quimera, su sueño de libertad. 
      Mi Papá era un gigante.  No lo era por su estatura ni por su contextura física (era un "gallego" de patas flacas y una panza firme, aunque no muy grande, de almuerzos de fábrica a los apurones. Y de pan, su alimento preferido). Un gigante en sus ejemplos. En sus modales. Era un gigante bueno. Aún cuando se "engranaba", su figura se convertía en algo más grande que la vida misma. Era sanguíneo, pero jamás violento. Lo único que lo sacaba de sus casillas era la injusticia. ¡Ahí sí que se volvía una fiera! Podía hacer, y hacía a diario, un esfuerzo sobrehumano para soportar la estupidez, pero que a nadie se le ocurriera hacer algo injusto, porque entonces su furia se volvía un huracán imparable y arrasador. Porque él mismo fue víctima de muchas injusticias a lo largo de su vida, y éstas habían dejado huellas imborrables en su alma. Por eso las odiaba. 
     No soportaba el descontrol. Detestaba los vicios por la falta de autocontrol que ellos significan. A pesar de haber llegado a fumar 3 atados de cigarrillos negros por día (su única manera de "fumarse" una realidad laboral con un hermano déspota, envidioso y egoísta), cuando llegó el día de tener que dejar de hacerlo, lo hizo como siempre hizo todo, sin estridencias, sin alharaca. Simplemente dijo: "No fumo más", y nunca más lo hizo. Ni siquiera cuando mi hermana y yo fumábamos cerca de él. Jamás volvió a probar un cigarrillo.
     Así era.
    Hombre de palabra, pero no de muchas palabras. Siempre me decía que hablar de lo bueno que uno es, es alardear. Y el que alardea nunca es tan bueno como dice ser. Para él, y gracias a él para mí también, los hechos hablan por sí mismos sobre la calidad de una persona. 
     Y era un genio. Una suerte de hombre renacentista, de múltiples habilidades que se reflejaban en sus creaciones. Ya fuera en su trabajo (que detestaba) o en cualquier actividad que capturara su interés, siempre hacía todo con una calidad, una dedicación y una perfección admirables. Poseía una capacidad increíble para visualizar en su mente la forma más sencilla y efectiva de resolver un problema mecánico. Siempre estaba con un lápiz o un bolígrafo en la mano, haciendo sus garabatos en cualquier trozo de papel que estuviera a su alcance, dibujando y esquematizando ideas. Cuando no era una máquina de fabricar balines de plomo, era un sistema para mejorar el rendimiento o producción de alguna máquina. Esos "planos" caseros desbordaban de engranajes, poleas, motores, y de qué se yo cuántas creaciones de las que rondaban siempre en su cabeza. Si tenía que explicar una idea, lo hacía con pocas palabras. ¡Y nada de computadoras, ni planos sofisticados! Unos trazos de tiza blanca sobre le piso de la fábrica explicaban con simpleza y precisión lo que debía hacerse. Así dio forma a su sueño máximo: su motorhome.
    Papá siempre amó la naturaleza. En especial las montañas. Yo siempre lo cargaba diciendo que era su alma de campesino de las sierras españolas, a pesar de que él había venido a la Argentina en el 48, con apenas 3 años. Y él se reía. Quizás hubiera algo de verdad en eso. Quizás esa añoranza de una tierra apenas recordada y vuelta a ver por primera vez sesenta años después, lo llevara a desarrollar ese amor por el campo, las montañas y los lagos azules. Amó la Argentina con el amor y reverencia del que la conoce por haberla recorrido extensamente, y que reconoce sus inmensos dones naturales. La Patagonia era para él su paraíso sobre la Tierra. Si uno quería realmente conocerlo completamente feliz, bastaba con que le dijera que amaba "El Sur". Y si encima de todo le decían que les gustaba la pesca o la caza, entonces mi viejo se volvía un chico. Los ojos se le iluminaban con un resplandor tan puro e inocente que era imposible no verse contagiado por tanta felicidad. Conocía cada recoveco, cada piedra de ese camino que una vez al año daba sentido humano a su vida espiritual. Su memoria fotográfica dejaría en ridículo a cualquier GPS. Un querido amigo me comentaba cómo una vez, al preguntarle cómo llegar a cierto lugar de la Patagonia, Papá le había dado unas indicaciones tan precisas (del tipo: "A tu derecha vas a ver un bosque de araucarias con varias rocas con forma de cajas a su alrededor") que a éste amigo le parecía que estaba exagerando. Y sin embargo, así era. A la vuelta de su viaje, el amigo en cuestión contó la anécdota y su posterior y efectiva comprobación, ante las risas de todos los presentes.
    Disfrutaba de la pesca con mosca (bah, de cualquier pesca, siempre que fuera en el sur) y de la caza en el monte pampeano, del que él siempre recalcaba cómo se parecía a la sabana africana sobre la que tanto había leído desde chico, y a la que no pudo llegar a visitar en persona. Disfrutaba de todas las actividades relacionadas con el campo. Tenía alma de chacarero. Y quizás lo hubiera sido, si en aquel 1983 en que tuvo la oportunidad de comprar un campo en Río Negro no hubiera sacrificado su sueño por que mi hermana y yo no tuviéramos que sufrir el desarraigo.
     Pero había algo más en Papá. Él no sólo era feliz teniendo la oportunidad de hacer lo que le gustaba. A él le hacía realmente feliz compartir esos gustos e intereses con otras personas. El disfrute era para él más disfrute si encontraba que el otro era tan feliz como él haciendo lo mismo.
  
    Papá tenía un sólo defecto, si es que se le puede llamar así. Y era su forma tan particular de mostrar afecto. En toda mi vida de niño, primero, y luego de joven, no recuerdo muestras efusivas de cariño físico. No era un tipo de andar abrazando (y Dios sabe cuánto tiempo me llevó a mí aprender a abrazarlo), ni regalando "te quieros". Excepto a mi mamá, a quien amaba por sobre todas las cosas con una devoción que fue la causa de más de una pelea entre él y yo en mis años adolescentes. Era la ÚNICA ocasión en que podía llegar a hacer la vista gorda a una situación injusta. Para él, la lealtad y el amor que lo unía a mi mamá, era más importante que todos los principios del mundo. No significaba que no nos amara a mi hermana y a mí. Pero su amor se hallaba en los hechos diarios, enormes sacrificios silenciosos, en una multitud de gestos que, sin embargo, no alcanzaban para llenar el alma de un chico desesperado por lograr el reconocimiento de su ídolo máximo. 
    Pero no era culpa de nadie. Cada uno hace lo que va aprendiendo. Y él había aprendido y había hecho todo lo que pudo. El hogar de su niñez había sido menos demostrativo aún. Con el tiempo, la edad, y su cáncer, llegué a comprenderlo todo.
     Lástima que me di cuenta tarde.
    
    Hoy es mi primer Día del Padre sin mi viejo. Sin mi "papito Jaime". Y por Dios que me duele mucho.